martes, 7 de abril de 2015

El viaje (1)

      Exactamente como en todos los inicios o finales dramáticos, una cortina de gotas llenaba el cielo cubierto por ese tipo de nubes oscuras que sabes que no van a parar de expandirse hasta reventar. El sonido de las gotas al estamparse contra el cristal recordaba a los aplausos de miles de personas acompasadas, y yo me sentía con ganas de saludar: Sí, gracias, gracias, soy yo. 
      Una sonrisa se dibujó en mi cara, al darme cuenta de la estupidez de la situación, de lo sarcástica que se había vuelto la vida conmigo en la última semana, de mi sentido del humor no queriendo abandonarme aún siendo consciente de que lo único que debería permitirme sentir era el remordimiento. 
      Mientras tanto, el chirrido del tren al deslizarse por las vías continuaba sin descanso y en los pasillos la gente se saludaba y se presentaba, intentando así matar el tiempo de aburrimiento que conllevaría ese largo viaje. Ese largo viaje que yo había tomado para escapar, literalmente, de mi vida, de mis actos y de los que me perseguían. 
      Se abrió de repente una grieta en ese cielo gris para dejar paso a un rayo de sol que parecía creado y dirigido expresamente hacia mí. Todas las cabezas de giraron, mirando sin disimulo, mirándome a mí mirar al rayo, mirándome a mí cantarle al rayo. Cuando la canción atisbaba ya su fin, aplausos, esta vez de verdad, dieron comienzo, y vislumbré esas caras de agradecimiento por llenar el tiempo vacío que les ocupaba.
      El sol al completo se dio paso.
     En ese instante descubrí que sería la última vez que mis cuerdas vocales vibrarían para dar lugar a una melodía, porque la música más que formar parte de mi vida anterior, era mi vida, y era eso lo que me veía obligada a dejar atrás. 
      En todo este hilo enmarañado de pensamientos me quedé cuando mi respiración se acompasó, tranquilizó y dejó a Morfeo hacer su trabajo, para despertar tres horas después en el destino al cual me dirigía.
       Aquí acabó el viaje en tren y aquí me deshice de la persona a la que odié, para ser la persona que quería ser. Dije adiós con la mano a la vida que se quedaba encerrada en la maleta que me dejé en el tren, para así presentarme como Aroa, alguien sin pasado, pero con mucho futuro por delante. 

sábado, 4 de abril de 2015

DIE WELLE- MACHT DURCH DISZIPLIN

    Cuando un profesor de instituto se convierte en el temido Führer; cuando hay sentimiento de unidad; cuando una forma de pensar es la única y las demás se subestiman; cuando se eliminan las diferencias y todos son uniformemente iguales; cuando las mentes jóvenes lo llevan todo a un extremo, es cuando surge la verdadera OLA. 
      Una película chocante que recorre todos los pasos, en su orden adecuado, hasta llegar a lo que es conocido como una autocracia. Una película que hace ver como el "gran" Hitler llegó a su sitio (sin olvidar las previas elecciones) y es que, muchas veces, la fuerza de la unión puede mover cielo y tierra (para bien en muchos casos, para mal en este concreto).
       Macht durch Disziplin. Movimientos violentos acrecentando el sentimiento de exclusividad, y para cuando el único que lo puede parar se da cuenta de la gravedad de la situación, todo se había vuelto demasiado definido, agudo y die Welle había empezado a echar raíces.
       Esas raíces fueron mucho más fuertes para aquellos cuya situación familiar era más difícil o extraña, para aquellos que se sentían solos, y sobre todo, tras el solemne final discurso de "Herr Wenger", para aquellos que se autoconsideran pertenecientes a la clase media-baja, supeditados a un poder económico superior. ¿No es cierto que los judíos controlaban la mayor parte del plano económico antes del Tercer Reich?
       Fuerza, disciplina, manipulación, unión. Saludo, uniforme, nombre, símbolo. Führer, líder. 
       Es espeluznante cómo pasan los años, las décadas; cómo los humanos nos creemos cada vez más civilizados, y cómo de fácil es volver a hacer arder ese sentimiento, movimiento o como se le quiera llamar. Al fin y al cabo por mucha tecnología que desarrollemos, por mucha ciencia que apliquemos, por mucha historia que estudiemos, los humanos somos y seguiremos siendo humanos, y ello implica la posibilidad de tropezar dos veces en la misma piedra.
      ¿Lo único que se puede hacer para evitarlo? Aprender a ver la roca desde lejos, para así poder saltar y no volver a caer justo en el mismo sitio.