Me fui a verlo todo pasar. Me fui a ver personas desconocidas andar por el borde, gaviotas en posición sobrevolar la ciudad, ráfagas de viento indecisas, atolondradas, separadas por los rayos del sol de la mañana.
Me fui a verlo todo. Ciclistas por su carril correspondiente lanzando miradas desdeñadas a peatones inconscientes, peatones despistados y peatones adictos a las nuevas tecnologías. Los coches contaminantes sin cesar recorrían el paseo marítimo, y yo seguía andando, deslumbrándome con el sol cegador de aquella mañana de noviembre.
Me fui a verlo todo, sin rumbo definido ni con ganas de definir. Me asomé a la barandilla y vi un chiringuito con música de jazz ambiente, una terracita con intención de parecer improvisada, pero con muchas horas de pensar el diseño detrás, porque lo más natural es lo que más difícil es de reproducir.
Me fui a verlo todo en un límite de tiempo determinado, pero claro, tampoco hacía falta mucho más, porque ya había llegado al todo que quería ver; llegué y me senté, me senté frente al impotente todo, deslumbrante, fuente de vida, de pensamientos, de sonidos relajantes; observador del mundo, guardián de tesoros, de barcos hundidos,¡ del mísmisimo Titanic!
Había llegado a verlo todo.
Entonces sonó la alarma, me levanté, me sacudí la arena, y lo dejé allí.
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