Mi yo más conocido murió ayer. Murió de una forma poco elegante, entre risas sarcásticas que mi garganta emitía a modo de escudo, entre opiniones ajenas intentando guiar la mía propia sin saber que esta ya estaba descarrilada por completo.
Mi yo más conocido, aquel del cual yo había sido reflejo en los últimos tiempos, aún está por enterrar. Ya solo quedan los despojos de algo que fue y ya no será.
Ahora, un yo menos conocido fluye, independiente, fuerte, valiente, apoderándose de mí, porque no somos más que reflejos de nuestros múltiples "yos", no somos más que seres supeditados a los sentimientos, que cambian de forma inesperada, drástica y cortante.
Al fin y al cabo, no somos más que nuestros propios títeres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario